LLevaba dos semanas sin llamar.
En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda mientras otras se la subian. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, enterneciendo, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada, con cierto aire de Pierre&Gilles.
Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos vibraban bajo el suelo como los metros que tienen demasiada prisa por llegar; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes - hartas de llorar con todas sus fuerzas - e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio y el tufo a estrógeno malgastado.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas; escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y sentirlo ardiendo cerca de los nudillos sólo por el simple hecho de sentir algo en aquellas manos torpes e inútiles, deformadas a golpes contra la pared.
Pensé que debian estar esperando algo, o a alguien, ¿què se yo? Parecia una reunión de esas en las que te venden cualquier cosa de plástico, ya sea un tupper o una repugnante imitación de Nacho Vidal. En cualquier momento entraría Sor Remedios con su guitarra ocre colgada del cuello y gritarian, cantantarian, expulsando así todos los deseos que jamas debieron tener con aquella amiga de sus hijas o con el jardinero (fiel). Me divertia demasiado moldear con mi imaginación aquella situación, extraña y oportuna, en la que habia desembocado sin querer, huyendo de la sucia lluvia de esta ciudad. Pasaba inadvertida, sentada en la sombra del último banco y apoyada en el marco de la ventana, intentando calmar la escarcha que me recorria los huesos.
Desde la puerta de una esquina, situada hacia el fondo de la sala, salió una mujer. Era delgada pero fuerte, erguida como el orgullo y lo suficientemente alta como para que pudiera verle la cara desde mi rincón. Llevaba el rostro serio pero no parecia enfadada, y miraba con firmeza a todas las mujeres, ya sentadas y calladas –obedientes-, regalandoles a cada una unos segundos de amor infinito. Me dejó roto verlas suplicar en silencio “un poquito mas, por favor” y dirigirse a aquella dama palida, con el fervor y el entusiasmo de un colegial al que le han dado una bicicleta nueva. Desprendia sexo por todos los poros de su piel, podia olerlo desde aquí; olía a venganza, a juego, a tortura, a frenesí, a sudor, a pólvora y a carmin. Apestaba hasta marearme y se agolpaba en mi garganta hasta dejarme sin aire. Me ahogaba, ese paisaje de extrema desolación y abandono me trituraba y se retorcia dentro de mi como una peonza forrada de espinas. ¿Qué tenía esa mujer?
Me concentré para poderme incorporar de nuevo, agarrar la americana y largarme de ese lugar pero al levantar la cabeza y coger un poco de aire, abrí los ojos y me paralizó. ¿Eran esos mis dos segundos de gloria? ¿debía inclinarme yo también a su gusto y merced, como todos esos cadáveres hambrientos de vida? La miré firmemente, resistiendome a ceder y apreté los puños contra el asiento para que empezaran a doler. Sentía de nuevo ese hedor a perfume de puta. Nada que ver con las que conocía hasta el momento; ésta tenia una elegancia infinitamente calculada para seducir, retorcerte y torturarte con el tacón sucio de un zapato hortera que usaba sólo para demostrarte que el gilipollas humillado eras tu.
De la puerta salieron dos chicas mas. Solo pude fijarme en la lenceria y los zapatos negros de tacón, altísimos. Los bordados eran parte de su piel; las acariciaban con ternura, milímetro a milímetro, todo el borde de la cintura y los muslos, dejando entrever solamente las curvas inocentes de un trasero perfecto. Llevaban medias negras, ligueros atados a los culots con brillantes y un chaleco negro de seda que dejaba al descubierto, intencionadamente, toda la espalda y un leve rastro de escalofrío.
La de la izquierda llevaba una correa de plata en la mano, de cuyo extremo colgaba un collar de cuero marron negruzco, demasiado rudo para el contexto. La otra, llevaba algo parecido a un bozal de perro en una mano, y en la otra, una fusta negra y pequeña.
Me empecé a poner nervioso. La dama no habia dejado de mirarme y ya pasaban más de dos minutos. No habia cambiado nada en su expresión y, para mi sorpresa, tampoco lo habia hecho la mia. Parecía un desafio absurdo y cruel, pero por más que la razón gritara y gritara, no podía –ni quería- despertarme de aquel sueño. Sin apartar la mirada, las dos mujeres se le acercaron al comando de un simple gesto, lento y discreto, y casi pude leerle los labios entre el pelo negro de aquellas preciosas criaturas, cuando les susurró algo que casi podía nacer de mis venas.
Las oí caminar con sus tacones por la sala. Las oí detenerse justo detrás de mi y sentí todo el oxido de los puñales que clavaron la envidia de las esposas y las amantes decepcionadas en la profundidad de mi pecho. Pude oler ese perfume de nuevo y desapareció todo el resto para quedarme tan solo con la hipnosis de aquella fulana.
Me apretó quizás, demasiado, la mordaza. El frío de una pequeña barra de metal se acopló al puente de mi nariz hasta la barbilla, sujeta tan solo por un enrejado de alambres y tiras de cuero que olían a sexo reciente. La mandíbula quedó atrapada cuando una de ellas tiró de las cuerdas laterales que ajustaban aquel bozal hasta dejarme sin habla. No podia abrir la boca ni hablar –tampoco lo necesitaba en ese momento-. Aquel artilugio era un bozal de perro para humanos, adaptado al hocico del hombre. Yo seguía bajo la hipnosis de su mirada. Volvieron a darme un tirón; esta vez ajustaron la tira de cuero que recorria todo el centro de mi cabeza desde la nariz hasta la nuca. Finalmente un click metalico de advertencia: no hay vuelta atrás. Y enloquecí.
Me levanté como una fiera y me ahogué con el collar. Una de ellas tiraba con elegante fuerza de mi, como si fuera un perro maleducado al que hubiera que enseñar modales. Tiré el banco, me resistí y quise gritarles lo putas que eran, que no queria jugar, que no era un animal y que jamás me humillaria de esta manera. Me sacaron arrastras de la sala, y me ataron al farol que había justo en frente de la puerta de la entrada, bajo la eterna lluvia. Cerré los ojos, deseé con todas mis fuerzas despertar y nada ocurrió; nada mas que sentir las gotas lamiendo el cuero y avivando ese olor. Podía sentir el bozal mojado amoldandose a las formas de mi cara, acariciándome con la suavidad y la ternura del cuero viejo y queriéndome como quien quiere a un dueño.
El corazón seguía latiendo fuerte pero ya empezaban a fallarme las fuerzas y no me quedaba oxígeno suficiente para seguir resistiendome. Por más que quisiera, por más que tirara de aquella prisión, no lograba más que hacerme un daño terrible y apretarme más aún la tráquea, y clavarme tanto el metal sobre el tabique que acabó por sangrar. Las gotas que caían pesadas sobre mi cabeza me tranquilizaban, como el compás de un metrónomo olvidado encima de un piano sucio .Iban cayendo, una a una, y se colaban por el hueco minúsculo que queda entre la nariz y el pómulo, para llenarme la boca adormecida de agua y sangre. Me besaban los parpados y se abarrotaban en la punta de las pestañas para caer, de nuevo, al suelo sucio de esta calle desierta… ¿qué podía hacer yo?
Cuando volví a abrir los ojos estaba de nuevo en la sala, pero ya no quedaba nadie. El eco del silencio reventaba las esquinas y amplificaba el susurro de las llamas de las velas. Creo que debí haberme dormido por que parecía ser ya de noche; aunque la ventana no me diera ni una pista a través de los viejos porticotes cerrados. Advertí que estaba seca y que no llevaba mi ropa..
Estaba atada de pie, con las manos hacia atrás, abrazando a una columna. Notaba en las muñecas algo, como los puños duros de una buena camisa, pero sin camisa.Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer, Explorando con los dedos, podía sentir los pesados gemelos de brillantes con los que se cerraban los puños, y la doblez, elegante y calculada de las puntas. Esos puños se ajustaban a mis muñecas como dos esposas de diseño, me apretaban pero sin dolerme realmente demasiado.
Me habían puesto un chaleco negro, también de seda, muy parecido al que llevaban aquellas dos chicas pero más largo de atrás. Parecia uno de esos trajes-pingüino que se ponen los novios enamorados de sus novias –o no-; pero sin mangas. Lo llevaba abotonado y relucían los botones de brillantes como si fueran realmente de verdad. Debajo del chaleco no llevaba nada más que unos tirantes gruesos, colocados estratégicamente justo encima de mis pezones. En otro contexto, podría parecer todo un caballero.
Los pantalones eran negros como el chaleco, recorridos verticalmente por unas finísimas rayas plateadas y un tanto holgados, sin llegar a ser demasiado grandes. Entre las piernas noté una presencia ya conocida, dura e incomoda, ajustandose a mi cintura como el bozal a mi cabeza. Estaba descalza.
No me habian quitado ni lel collar ni el bozal.
- Esta usted mucho mas elegante así.
Giré todo lo que pude mi cabeza hacia la derecha y logré entreverla, a la luz de unos cirios. Ella tampoco llevaba la misma ropa. Se había quitado los pantalones y la camisa y llevaba un vestido de raso, no demasiado ajustado. Parecía ropa de andar por casa; como si se hubiera puesto cómoda.
No podía responder, de modo que me limité a estarme quieto. La oía fumar y podia notar como me escudriñaba de arriba abajo. Sentí una extraña mezcla de placer y miedo.
- He visto que tiene usted hachís – tenia toda mi ropa amontonada al lado de la silla donde estaba sentada; habia estado hurgando en mis cosas - ¿sería usted tan amable de liarme uno?
La miré, cabreado y humillado. Además de tenerme atado, disfrazado y amordazado, pretendia ser educada conmigo y encima darme ordenes. Yo no era como todas esas. Yo no he obedecido jamás a nadie. Y mucho menos iba a obederla a ella, a la fuerza. Seguí inmóvil.
- Veo que es usted bastante terco.
Se levantó y se fué por aquella puerta del fondo, erguida, dejando caer su larga melena peliroja sobre su espalda desnuda, dejándome atado a una columna…
Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.
Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.
LLevaba dos semanas sin llamar.
En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.
Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y
Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.
Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.
Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.
LLevaba dos semanas sin llamar.
En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.
Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y
Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.
Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.
Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.
LLevaba dos semanas sin llamar.
En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.
Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y
Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.
Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.
Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.
LLevaba dos semanas sin llamar.
En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.
Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y
Distingeixo del text, a part de l’història, si més no “bizarre” (no trobo altre paraula per a descriure-la), que recordo d’una nit en un petit bar de Barcelona… distingeixo paraules en masculí i en femení que em tornen l’història encara més sublim.
Pel terrorisme del gènere.
Per la dominació absoluta.
Pel subconscient.
Tinc ganes de veure evolucionar aquest espai, i potser algun dia expressar-ho en imatges, amb el teu consentiment, és clar.
*