“Aquella mañana no tenía ganas de levantarme; me tronaba la cabeza. La almohada olía a sudor, y el aliento me abofeteaba con cada suspiro en el debatir de mis ideas. Realmente no tenía por que levantarme. El Zocco era mío, nada de explicaciones, ni excusas, ni caras de arrepentimiento fingido. No quería levantarme, y punto.
Al poner el primer pie, el izquierdo como siempre, en el suelo, me clavé la jodida punta en el talón. Me salió un profunda y sincera expresión, algún vomito verbal del que no logro acordarme con exactitud; y miré al suelo. Era un zapato de tacón, negro, lacado, de poca altura; un botín de estos que están tan de moda y que se usan para corregir insatisfacciones de la altura, complejos. Yo nunca he usado algo así. Me giré hacia la cama. No la recordaba tan pálida, hinchada, babeante y dormida como estaba ahora. Horrenda, realmente. Ni siquiera recordaba que alguien me esperara al cierre; mucho menos ella. Me di la vuelta; en silencio, me agaché hacia aquella nariz puntiaguda y la besé. Las sábanas olían a sexo. Tampoco recuerdo que folláramos ayer. Maldita memoria de pez.
Me levanté definitivamente de la cama, le di una patada a las bragas, aparté el botín maltratador y me fui a la ducha. El sol empezaba a molestarme; era hora de ser una persona formal. Los enfermos adictos al café ya debían estar de camino. No les podía fallar.”
Peces Muertos
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