Archivo de Autores para elburdel

21
May
08

Para los portazos..palabras

Voy a cerrar los ojos; voy a notar los parpados calientes cerrandose sobre mi, quiero sentir como los ojos se van hacia atras buscando no ver, buscando callar. Quiero reducir mi percepcion al negro vacio de unos ojos cerrados y tranquilos. Quiero dejar de llorar.

Respiraré hondo. Sentiré el aire pesadado y denso agolpandose en mi nariz, empujando como un loco, queriendo entrar. A veces, yo he querido detenerlo; pero el aire, amigos mios, es mas listo que yo. Viene y se va, llenandome a penas los pulmones tísicos. Viene y se va, dejando un rastro de inexistencia que me hace dudar. Se va para volver…¿quién sabe por qué el aire no se compromete con nadie y sin embargo, a todos nos llena de vida?

Dejaré de temblar. No tengo frio. Dejaré de apretar sin querer la mandibula. Dejaré, dejaré al cuerpo anestesiado, casi extraño, sin ser mio. Me desprenderé de mi piel, de mis huesos, de mi cárcel para convertirme en la nada de un recuerdo que poco a poco se desdibuja y envejece en la triste memoria. Quiero vivirme sin serme, aunque solo sea por una vez en este absurdo.

Lo siento, aunque te parezca mentira. Me lo dicen los sueños. Creeme.

A veces no tengo respuestas y digo tonterias. No me lo tengas en cuenta. Nunca he sabido quien soy en realidad.

Para el subconsciente: una caja de pandora acorazada justo en la nuca.

Silencio….

…el espectaculo debe continuar….

20
May
08

Peces Muertos

“Zoco, cárcel y cielo de mi libertad presa.

Delante de la máquina una tarde más. Los de siempre en sus respectivas butacas y yo en el palco de honor, el gallinero escondido de la barra, nada más que polvo en este rincón de oro viejo y picado. Y desde este diván de horas muertas sigo escribiendo lo que se me antoja, por puro placer hedonista, una concepción distinta del vouyerismo, de las memorias y de las biografías ajenas. Las teclas resuenan en esos hombres grises que compran minutos y toman café -Momo, siempre Momo- dormidos y distraídos en las largas tardes del Zoco, mi Zoco. Ellos llegarán más tarde.¿llegarán?

Hoy ya no lo dudo; aunque no acierto a definir si es melancolía o dolor. ¿dónde estarás ahora?

La tarde fría y gris de aquel quince de febrero repica en mi holograma mental como las campanas que tocan a muerto. Es paradójico pensar que la muerte pueda ser el inicio de algo; este algo que es tanto para los transeúntes de la cultura y la dialéctica barata, este algo que se dibuja abstractamente entre absenta y metacrilato de sonetos y líricas… la metralla de la máquina sigue sonando en re menor.

Y sin pesar me traspasa el sonido de aquella llave oxidada que abría el gran cerrojo protegiendo  una endeble puerta de madera podrida, fácilmente derribable de una patada, de una ventisca fresca. Ese eco de latido que aún sigue temblando de frío y un Gulliver que nacía para dar cobijo a ejércitos de enanos miopes.

Creo que lo llamamos Zoco la primera vez que lo vimos. Tenía razón; aquel trastero en mitad de la calle París era eso, un mercadillo de mierda con regusto a reliquia, un sueño en forma de 526. Todo estaba lleno de polvo, de trastos. Sacamos cajas eternas de muñecas tuertas y mancas, de lámparas sin luz ni sombra, de caballos de madera cansados y juguetes de hojalata y balones de cuero sucio, y también botas sin cordones, espejos rotos, cojines que olían a meado de rata, vasos y tazas de metal, como las que encontramos en Praga en aquel viaje de nieve y sexo…. cajas y más cajas que terminamos por vender al Chiscu del tenderete dels Encants… no hicimos fortuna, claro; pero sacamos la plata para reparar la única y verdadera joya que encontramos: una vieja cafetera del siglo XIX. Años más tarde, Xavi me comentó, en un fracaso intento de compra o en otro de sus pedantes vómitos de anécdota histórica, que había pertenecido a una vieja cafetería pariscense; al carajo con el azar!; cuyos degustadores fueron peces gordos de la cultura francesa. Algo me contó de Baudelaire, aunque ya no le prestaba demasiada atención. Sophie estaba vomitando; y el mundo se reducía a eso: a las vísceras sangrientas de la sabiduría encarnada en cuerpo de mujer.

Luego nos regalamos un par de piezas, como si fueran alianzas o flores; puro juego de amores, pero sin ánimos de compromiso; no aún, claro.

Yo había podido rescatar algunos objetos; un sombrero, la casaca y la pluma que le regalé. Maravillosa, sin duda… sabía que ella iba a convertir aquella tinta amorfa en maravillosos cuentos y tenía la absurda esperanza de que fueran mis buenas noches hasta el fin. La rabia, la impotencia, medicina para los necios y una lagrima agria, vieja, repetida y solitaria.

Las letras fueron nuestro cordón umbilical. Sophie me regaló la máquina que hoy habita el rincón de la barra, certeramente centrada entre la vecindad del cenicero y la marca del mate en la mesa de madera de cerezo.

¿Años dorados? Quizá. Aunque lo más dorado de toda la historia fue la campana del tocadiscos que dejaste tras de ti, y que hoy sirve para arrullar a esta panda de cíclopes perdidos o para arrancarme una sonrisa sólo de vez en cuando, sólo cuando me armo de valor para poner aquel viejo platino de los Beatles que dejabas rodar hasta el fin, mientras repetías incansable aquello de “seguro que acá sacamos la arena de debajo de los adoquines, amor…”, mientras sudabas el polvo que limpiabas con tesón, casi loca por dejarlo como una patena, sin manchas imposibles o restos de otras historias; y yo sin aguantarme las ganas de hacerte el amor. All you need is love. Amor para regalarte sin tapujos ni censuras, jadeos que me hacían trabajarte para llevarte al cielo. All you need is love. Vaya mentira más grande. All you need is love, sweet love. Amor perro, primitivo, salvajemente aun te recorro la piel, peras en vino o melocotón. Sí, definitivamente melocotón. All you need is only love, y melocotones y literatura y Beatles y sueños; un sinfín de polvorientas fotografías que te inmortalizaron, Sophie. Esto, otra jugarreta del Jefe, ¿verdad? Dale recuerdos y sobretodo, recuérdale que un día lo pagará caro.

Si tu supieras, pichón….

Nada mas bello y mordiente que el recuerdo; nada más lejano que la atemporalidad que nos separa… yo no supe hacerte regresar; esta mi condena; la cárcel: los barrotes que me encierran detrás de nuestra queridísima máquina de café francés.

Cafés que ya solo tomo para no volver a soñar jamás.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Mesa trece silla uno. Estaba claro.

Los días pasaban rápidos y nada podía hacer por detenerlos. Algo había en mi inmensa isla precaria y suburbana que hacía desaparecer el tiempo y los rascacielos. Era un agujero negro en medio de Barcelona, el cubo de basura de los gatos sucios de la calle, un loquero, un café, un trastero de verdades cortantes, ensangrentadas. Tanto polvo y yo sin superar el asma.

Desde mi pequeño rincón podía ver la calle a través de los ventanales como un paisaje de grises y colores viejos. A veces me imaginaba todo aquello como un lienzo de mercadillo, una pintura anónima de cualquier cafetería francesa.

Demasiada oferta para tanta demanda hambrienta. A mí me enseñaron que a la gula sólo se la cura con el hambre. En el Zoco sólo servía café; la literatura no fue culpa mia; punto y aparte.

Delante de mi, sólo la terrible soledad de mi vieja máquina y el negro soberbio de un buen café caliente. Humo y letras, sobre el blanco papel mojado de mis ideas. Desde el primer día en que instalé mi propia persona, la real, la pura, en este antro tan querido y ardiente como la luz de las velas que temblaban mesa tras mesa, supe que no habría escapatoria alguna para volver a esa historia mentida que tanto se alababa en mi.

Ellos, mis padres, nunca lo comprendieron. Yo, al fin, tampoco.

El local fue fácil; herencia pura y dura sin familiares de por medio. Aquel viejo gusano que aún hoy me revienta el corazón, aquel mi hermano con el que no compartía sangre sino dimensiones; tuvo la gran amabilidad de regalarme este pedacito de cielo, del que vivir, morir, soñar, reír, llorar y despertarme antes de llegar mi turno, mi propio fin. Algún día, viejo, nos volvemos a ver. Tenme preparada esa copa, esa silla, la uno de la mesa trece; por que me queda un sinfín largo, casi eterno, de historias qué contarte.

Las escrituras y los largos caminos de burocracia insípida fueron los tramos más complejos hasta aquí. Lo demás vino rodado, hecho. Yo no preparé nada más que café; ellos vinieron solos.

A veces creo que esto es un pacto con el diablo.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Nostalge era un tipo realmente duro. Le recuerdo fumando sus cigarrillos en la esquina fondona del Zoco. Se refugiaba detrás de una mesa de pino pequeña y desgastada. Residía allí casi sin parpadear. Recuerdo como, con aquellas manos pequeñas y ágiles, apretaba una enorme boquilla charlestonera. Al final, un eterno cigarro. A veces, Nostalge me recordaba un poco a Masiel, tan bastardamente elegante, escondiendo sus defectos tras las cortinas de humo y los trajes de colillas. Me fascinaba la seguridad de aquel diminuto muchacho.

Cada postura que tomaba era una fotografía en blanco y negro. Siempre metódico, siempre puntual en sus inoportunos comentarios… empuñaba el metal dorado del mango de la puerta del bar y traspasaba con los ojos las capas de polvo y pintura del cristal; y entraba, decidido a encararse a mi con un “café sólo y con taza y plato, por favor”. Y siempre la misma respuesta:

-         “¿cucharilla?”

-          ”al final vas a tener que comprar otra vajilla… déjalo, conoces mi cleptomanía. Además, sabes que les pone mucho más si me lamo el dedo. ¿Y para qué estamos ahora y aquí más que para hacerles creer que me follarán en sus sueños?”

Demasiado para la precariedad de mi vocabulario sexual. Nostalge tenía la elegancia justa para que “polla” fuera la palabra más bonita del mundo. Estoy segura de que era un híbrido extraño entre Hitler, Bécquer, Poe y Marilyn Monroe. No se extrañen; es mucho más fácil de comprender cuando le tienen delante.

Aquel hombrecillo me sonreía tras el mismo dialogo de cada día…. ya era como un rezo. Yo el gran cura de este par de chalados ateos.

Entonces agarraba el periódico con un bufido, como si con aquel soplido hubiera leído las desgracias de la actualidad; y lo abría por la página de los deportes.

- “Qué mal está el mundo, pero qué alegría poderme contentar cada mañana con estos millonarios de piernas esculturales…. en fin…. ¿algo realmente catastrófico hoy?

- No; lo de siempre.

- Ya… no me cuentes woman…¿sigue la eufémica postguerra en Irak y ya son miles los muertos? ¿Los políticos siguen inventándose alguna excusa para nominar a alguien y expulsarlo de la casa… violencia de género… alguna revuelta en algún lugar lejano; otro magnifico descubrimiento que no tiene fondos para pagarse y llegar a algún sitio práctico… y los crucigramas ya hechos… acerté?

- El papa ha muerto.

- ¿Y yo sin enterarme? Tengo que llamar a Pablo para que imprima ya los pins… es paradójico, eh?

- Nostalge, el cinismo de las mañanas lo sacas de algún cultivo casero o es el olor que desprenden tus sabanas?

- Pues creo que es más bien la falta de sueño. Últimamente follo demasiado y no duermo, y me sienta fatal. No hay manera de que me aguanten una de Woody entera… en fin, que como no me des algo a este paso me deshidrato. Me voy a leer el periódico.

Y meneaba el culo hasta la silla el muy maricón. Era maravilloso.

Del saco que llevaba por bolso sacaba un cigarrillo y empezaba el ritual misterioso para todos los curiosos y fans habituales que visitaban a esas horas el Zoco. Nostalge sacaba con delicadeza un estuche de felpa negro. Como si de un tesoro de los que esconden por los lares del caribe se tratara, dejaba entrever lentamente una pipa de filtro. Era larga y fina, laqueada en negro y acabada en un metal que le daba los aires de coleccionista de antigüedades que quería transmitir. Al final de la boquilla, apretaba un cigarro aromático de los que ya no encuentras ni en los estancos; y se dirigía todo el artilugio hacia la boca; poniendo cara de vicio disimulado entre cafes y cruassanes. Lo mejor era cuando inclinaba un poquito la cabeza para poder encender el cigarrillo. La doblaba hacia abajo y a un lado, como quien se quiere apoyar en su propio hombro. Y en el preciso instante en el que tenia a todos los ojos del bar hipnotizados por su exquisita extravagancia; alzaba con la lentitud pero certeza de un pianista, aquellos ojos verde-grises que le prohibí que volviera a usar… y cazaba al ciervo más suculento a esas tempranas horas de la mañana, con el café aun humeándole los secretos lascivos de la noche anterior; la que no aguantaba ni una sola de las películas de Allen…

Fumaba y fumaba hasta dejarse el alma en la conquista. La mirada fija. Y siempre extraño pero sin falta, el cervatillo electo se levantaba, se dirigía al baño (que por casualidad quedaba siempre al paso de nuestro fiel seductor) y encontraba forma alguna de establecer contacto; bien por la entrega de alguna nota arrugada y nerviosa, o por un fugaz beso de “como-vengas-aquí-te-pillo-y-te-reviento”. Nostalge era un cazador nato; se le veia a distancia; y el Zoco, a veces era su selva de rarezas favorita.

Recuerdo el dia en que se ligó a un marinerito; o al travestí; o al intelectualito o al de los músculos en exceso. Era un cabrón. Pero un cabrón con gusto, por que nunca repetía caracteres y siempre tenía otro distinto. A veces pienso que sólo era capaz de follarse personajes; de introducirles su exceso teatral hasta hacerles llorar de placer… Nostalge, en el fondo, era un romántico. Sólo lo he visto llorar una vez. A los dos solo les vi llorar una sola vez; aquel solsticio de invierno en el que la luna llena les azotaba las conciencias y yo se la lavaba con litros y más litros de alcohol.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Aquella mañana no tenía ganas de levantarme; me tronaba la cabeza. La almohada olía a sudor, y el aliento me abofeteaba con cada suspiro en el debatir de mis ideas. Realmente no tenía por que levantarme. El Zocco era mío, nada de explicaciones, ni excusas, ni caras de arrepentimiento fingido. No quería levantarme, y punto.

Al poner el primer pie, el izquierdo como siempre, en el suelo, me clavé la jodida punta en el talón. Me salió un profunda y sincera expresión, algún vomito verbal del que no logro acordarme con exactitud; y miré al suelo. Era un zapato de tacón, negro, lacado, de poca altura; un botín de estos que están tan de moda y que se usan para corregir insatisfacciones de la altura, complejos. Yo nunca he usado algo así. Me giré hacia la cama. No la recordaba tan pálida, hinchada, babeante y dormida como estaba ahora. Horrenda, realmente. Ni siquiera recordaba que alguien me esperara al cierre; mucho menos ella. Me di la vuelta; en silencio, me agaché hacia aquella nariz puntiaguda y la besé. Las sábanas olían a sexo. Tampoco recuerdo que folláramos ayer. Maldita memoria de pez.

Me levanté definitivamente de la cama, le di una patada a las bragas, aparté el botín maltratador y me fui a la ducha. El sol empezaba a molestarme; era hora de ser una persona formal. Los enfermos adictos al café ya debían estar de camino. No les podía fallar.”

Peces Muertos

13
May
08

Padre…

- “Ave Maria purisima..”

- “Sin pecado concebido” -más le gustaría a usted-

- “Padre, confieso que he pecado…

Hace mucho que no rezo y me crucifico cada vez que leo un muerto en las flores marchitas de alguna farola, en una calle cualquiera.

He robado mucho, padre. He mentido y he manipulado. He fingido, he castigado, me he vengado y he matado.

He roto mis recuerdos en pedazos, los he eliminado y me he construido un mundo, una coraza, con la que sentirme abrigado.

He afeitado la entrepierna del deseo buscando amor barato; me he conformado, me he confundido, me he humillado. He logrado ser feliz, padre, aunque sea en pecado.

He prometido lo que no soy quizá por no sentirme culpable y he tirado de otras vidas para no tener tiempo de conocerme demasiado.

Le he gritado a la luna y he maldeciendo a los benditos; le he escupido a la suerte virgen por odiarme y he vomitado verso a verso, con un corte preciso.

Pero el peor de mis pecados padre, es estar siempre borracho; borracho de vida, borracho de sueños, eternamente borracho. Y ver dos veces pasar la vida, y ver que la vida solo dura un rato, ése en el que estamos mas despiertos que cansados. Y caminar haciendo eses por no encontrar la linia recta por la que enderezar una vida escondiendo las grietas. Llorar padre, por que estoy borracho y doy mas pena que asco; reirme con locura sin acabar maniatado. Vomitar las palabras de amor mas bellas sobre la barra de otro antro, a la dama mas fea de entre los cisnes que fueron patos. Y perseguir las hormigas de una cita y las mariposas de un buen rato, o recoger mis cenizas y convertirlas en buenos abrazos. Quizás en alguna borrachera, se me cayeron semillas que hoy me calman los morados y regale los que otros ven y yo no alcanzo. De par en par abro las puertas cuando me embriago, dejando enrar poetas y mamarrachos.

Pero que es la vida padre, sin un poquito de pecado? una granja esteril de cerdos que se visten para ir al trabajo.

Es cierto padre, muy cierto que he pecado.

Gracias por escucharme… creo que necesito un trago.

Y el camarero pensó: “ha bebido demasiado.”

Ballantines. Dobre V

10
May
08

Brujas, princesas y otros relatos sobre el cuero

LLevaba dos semanas sin llamar.

En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda mientras otras se la subian. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, enterneciendo, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada, con cierto aire de Pierre&Gilles.


Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos vibraban bajo el suelo como los metros que tienen demasiada prisa por llegar; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes – hartas de llorar con todas sus fuerzas – e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio y el tufo a estrógeno malgastado.
Me divertia verlas, nerviosas e inquietas; escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y sentirlo ardiendo cerca de los nudillos sólo por el simple hecho de sentir algo en aquellas manos torpes e inútiles, deformadas a golpes contra la pared.

Pensé que debian estar esperando algo, o a alguien, ¿què se yo? Parecia una reunión de esas en las que te venden cualquier cosa de plástico, ya sea un tupper o una repugnante imitación de Nacho Vidal. En cualquier momento entraría Sor Remedios con su guitarra ocre colgada del cuello y gritarian, cantantarian, expulsando así todos los deseos que jamas debieron tener con aquella amiga de sus hijas o con el jardinero (fiel). Me divertia demasiado moldear con mi imaginación aquella situación, extraña y oportuna, en la que habia desembocado sin querer, huyendo de la sucia lluvia de esta ciudad. Pasaba inadvertida, sentada en la sombra del último banco y apoyada en el marco de la ventana, intentando calmar la escarcha que me recorria los huesos.

Desde la puerta de una esquina, situada hacia el fondo de la sala, salió una mujer. Era delgada pero fuerte, erguida como el orgullo y lo suficientemente alta como para que pudiera verle la cara desde mi rincón. Llevaba el rostro serio pero no parecia enfadada, y miraba con firmeza a todas las mujeres, ya sentadas y calladas –obedientes-, regalandoles a cada una unos segundos de amor infinito. Me dejó roto verlas suplicar en silencio “un poquito mas, por favor” y dirigirse a aquella dama palida, con el fervor y el entusiasmo de un colegial al que le han dado una bicicleta nueva. Desprendia sexo por todos los poros de su piel, podia olerlo desde aquí; olía a venganza, a juego, a tortura, a frenesí, a sudor, a pólvora y a carmin. Apestaba hasta marearme y se agolpaba en mi garganta hasta dejarme sin aire. Me ahogaba, ese paisaje de extrema desolación y abandono me trituraba y se retorcia dentro de mi como una peonza forrada de espinas. ¿Qué tenía esa mujer?

Me concentré para poderme incorporar de nuevo, agarrar la americana y largarme de ese lugar pero al levantar la cabeza y coger un poco de aire, abrí los ojos y me paralizó. ¿Eran esos mis dos segundos de gloria? ¿debía inclinarme yo también a su gusto y merced, como todos esos cadáveres hambrientos de vida? La miré firmemente, resistiendome a ceder y apreté los puños contra el asiento para que empezaran a doler. Sentía de nuevo ese hedor a perfume de puta. Nada que ver con las que conocía hasta el momento; ésta tenia una elegancia infinitamente calculada para seducir, retorcerte y torturarte con el tacón sucio de un zapato hortera que usaba sólo para demostrarte que el gilipollas humillado eras tu.

De la puerta salieron dos chicas mas. Solo pude fijarme en la lenceria y los zapatos negros de tacón, altísimos. Los bordados eran parte de su piel; las acariciaban con ternura, milímetro a milímetro, todo el borde de la cintura y los muslos, dejando entrever solamente las curvas inocentes de un trasero perfecto. Llevaban medias negras, ligueros atados a los culots con brillantes y un chaleco negro de seda que dejaba al descubierto, intencionadamente, toda la espalda y un leve rastro de escalofrío.

La de la izquierda llevaba una correa de plata en la mano, de cuyo extremo colgaba un collar de cuero marron negruzco, demasiado rudo para el contexto. La otra, llevaba algo parecido a un bozal de perro en una mano, y en la otra, una fusta negra y pequeña.

Me empecé a poner nervioso. La dama no habia dejado de mirarme y ya pasaban más de dos minutos. No habia cambiado nada en su expresión y, para mi sorpresa, tampoco lo habia hecho la mia. Parecía un desafio absurdo y cruel, pero por más que la razón gritara y gritara, no podía –ni quería- despertarme de aquel sueño. Sin apartar la mirada, las dos mujeres se le acercaron al comando de un simple gesto, lento y discreto, y casi pude leerle los labios entre el pelo negro de aquellas preciosas criaturas, cuando les susurró algo que casi podía nacer de mis venas.

Las oí caminar con sus tacones por la sala. Las oí detenerse justo detrás de mi y sentí todo el oxido de los puñales que clavaron la envidia de las esposas y las amantes decepcionadas en la profundidad de mi pecho. Pude oler ese perfume de nuevo y desapareció todo el resto para quedarme tan solo con la hipnosis de aquella fulana.

Me apretó quizás, demasiado, la mordaza. El frío de una pequeña barra de metal se acopló al puente de mi nariz hasta la barbilla, sujeta tan solo por un enrejado de alambres y tiras de cuero que olían a sexo reciente. La mandíbula quedó atrapada cuando una de ellas tiró de las cuerdas laterales que ajustaban aquel bozal hasta dejarme sin habla. No podia abrir la boca ni hablar –tampoco lo necesitaba en ese momento-. Aquel artilugio era un bozal de perro para humanos, adaptado al hocico del hombre. Yo seguía bajo la hipnosis de su mirada. Volvieron a darme un tirón; esta vez ajustaron la tira de cuero que recorria todo el centro de mi cabeza desde la nariz hasta la nuca. Finalmente un click metalico de advertencia: no hay vuelta atrás. Y enloquecí.

Me levanté como una fiera y me ahogué con el collar. Una de ellas tiraba con elegante fuerza de mi, como si fuera un perro maleducado al que hubiera que enseñar modales. Tiré el banco, me resistí y quise gritarles lo putas que eran, que no queria jugar, que no era un animal y que jamás me humillaria de esta manera. Me sacaron arrastras de la sala, y me ataron al farol que había justo en frente de la puerta de la entrada, bajo la eterna lluvia. Cerré los ojos, deseé con todas mis fuerzas despertar y nada ocurrió; nada mas que sentir las gotas lamiendo el cuero y avivando ese olor. Podía sentir el bozal mojado amoldandose a las formas de mi cara, acariciándome con la suavidad y la ternura del cuero viejo y queriéndome como quien quiere a un dueño.

El corazón seguía latiendo fuerte pero ya empezaban a fallarme las fuerzas y no me quedaba oxígeno suficiente para seguir resistiendome. Por más que quisiera, por más que tirara de aquella prisión, no lograba más que hacerme un daño terrible y apretarme más aún la tráquea, y clavarme tanto el metal sobre el tabique que acabó por sangrar. Las gotas que caían pesadas sobre mi cabeza me tranquilizaban, como el compás de un metrónomo olvidado encima de un piano sucio .Iban cayendo, una a una, y se colaban por el hueco minúsculo que queda entre la nariz y el pómulo, para llenarme la boca adormecida de agua y sangre. Me besaban los parpados y se abarrotaban en la punta de las pestañas para caer, de nuevo, al suelo sucio de esta calle desierta… ¿qué podía hacer yo?

Cuando volví a abrir los ojos estaba de nuevo en la sala, pero ya no quedaba nadie. El eco del silencio reventaba las esquinas y amplificaba el susurro de las llamas de las velas. Creo que debí haberme dormido por que parecía ser ya de noche; aunque la ventana no me diera ni una pista a través de los viejos porticotes cerrados. Advertí que estaba seca y que no llevaba mi ropa..

Estaba atada de pie, con las manos hacia atrás, abrazando a una columna. Notaba en las muñecas algo, como los puños duros de una buena camisa, pero sin camisa.Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer, Explorando con los dedos, podía sentir los pesados gemelos de brillantes con los que se cerraban los puños, y la doblez, elegante y calculada de las puntas. Esos puños se ajustaban a mis muñecas como dos esposas de diseño, me apretaban pero sin dolerme realmente demasiado.

Me habían puesto un chaleco negro, también de seda, muy parecido al que llevaban aquellas dos chicas pero más largo de atrás. Parecia uno de esos trajes-pingüino que se ponen los novios enamorados de sus novias –o no-; pero sin mangas. Lo llevaba abotonado y relucían los botones de brillantes como si fueran realmente de verdad. Debajo del chaleco no llevaba nada más que unos tirantes gruesos, colocados estratégicamente justo encima de mis pezones. En otro contexto, podría parecer todo un caballero.

Los pantalones eran negros como el chaleco, recorridos verticalmente por unas finísimas rayas plateadas y un tanto holgados, sin llegar a ser demasiado grandes. Entre las piernas noté una presencia ya conocida, dura e incomoda, ajustandose a mi cintura como el bozal a mi cabeza. Estaba descalza.

No me habian quitado ni lel collar ni el bozal.

- Esta usted mucho mas elegante así.

Giré todo lo que pude mi cabeza hacia la derecha y logré entreverla, a la luz de unos cirios. Ella tampoco llevaba la misma ropa. Se había quitado los pantalones y la camisa y llevaba un vestido de raso, no demasiado ajustado. Parecía ropa de andar por casa; como si se hubiera puesto cómoda.

No podía responder, de modo que me limité a estarme quieto. La oía fumar y podia notar como me escudriñaba de arriba abajo. Sentí una extraña mezcla de placer y miedo.

- He visto que tiene usted hachís – tenia toda mi ropa amontonada al lado de la silla donde estaba sentada; habia estado hurgando en mis cosas – ¿sería usted tan amable de liarme uno?

La miré, cabreado y humillado. Además de tenerme atado, disfrazado y amordazado, pretendia ser educada conmigo y encima darme ordenes. Yo no era como todas esas. Yo no he obedecido jamás a nadie. Y mucho menos iba a obederla a ella, a la fuerza. Seguí inmóvil.

- Veo que es usted bastante terco.

Se levantó y se fué por aquella puerta del fondo, erguida, dejando caer su larga melena peliroja sobre su espalda desnuda, dejándome atado a una columna…

Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.

Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.

LLevaba dos semanas sin llamar.

En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.

Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.

Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y

Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.

Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.

Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.

LLevaba dos semanas sin llamar.

En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.

Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.

Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y

Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.

Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.

Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.

LLevaba dos semanas sin llamar.

En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.

Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.

Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y

Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.

Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.

Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que la fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.

LLevaba dos semanas sin llamar.

En la sala, niñas y mujeres hablaban entre ellas, o se gritaban. Algunas caminaban nerviosas de un lado para el otro, otras se dirigian hacia la puerta, hartas y enfadadas, empuñando con mala leche un bolso en el que podia caber uno de esos perros feos e impertinentes, y poco mas. Otras cotilleaban, mirando por el rabillo del ojo hacia cualquiera que les viniera en gana desguazar; y se retocaban el maquillaje y se bajaban un poco la falda, mientras otras se la subian, tambien un poco. Un par de niñas jugaban a aquello de dar palmas y cantar, y enternecian, sin duda alguna, aquella vision histrionica y nublada con aire de Pierre&Gilles.

Fuera, caía una tormenta de mil demonios. Los truenos se extendian anchos y vibraban bajo el suelo; y de vez en cuando un rayo timido se colaba por las nubes, hartas de llorar con todas sus fuerzas, e iluminaba todos los rostros como el flash incomodo de una càmara de fotografiar. Y el silencio momentaneo de un susto se volvia a romper entre el griterio.

Me divertia verlas, nerviosas e inquietas, escuchar sus voces sobrepuestas al sonido de las gotas que caian con fuerza al otro lado de la ventana, así, de golpe y sin avisar, todas a una y hasta morir reventadas contra el suelo. Me gustaba ver como se consumia el porro entre mis dedos, y

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Me volvian a arder las venas. Desde las pestañas hasta las uñas de los pies temblaba. Toda la carne viva expuesta a la suciedad de un mundo lleno de cicatrices violetas. Se esfumaba lentamente la piedad como un cigarrillo olvidado y se me consumian los pensamientos buscando en algun rincon del horizonte, cargado de torcidas antenas y sabanas, la tortura interminable de aquella mujer.
Podia cerrar los ojos, contar hasta diez. Podia fumar a escondidas para calmarme. Podia escupir saliva y evitar vomitar; y podia convencerme de que aquello no podia estar bien. Pero no podia.. no podia olvidarme del placer infinito de sus uñas clavadas en mi piel; como un gato a punto de caer. Un rastro de dolor y placer, hinchado y caliente. Una lluvia de alfileres.
Eran tan solo las cinco y dieciocho minutos de otro lunes mas encerrada en la oficina y sola; tan sola que podia llorar o masturbarme con toda tranquilidad, o lanzarme contra una de las paredes verde ortiga de la desesperacion. Claro que tenia trabajo; demasiado; pero necesitaba verla y me dolian todos los huesos, y se me desencajaba la mandibula del asco que me producia esa sensación de dependencia. La verdad, es que uno debia quitarse el sombrero ante ese perfeccionado, calculado y retorcido arte de seduccion que desprendia las 24 horas del dia, como las putas de lujo o los directores de bancos. A veces, disfruto tan solo imaginandola como un juguete al que poder vestir como uno desee, o contarle infinitas gilipolleces e incluso hondas heridas que aun supuran, a sabiendas que es de plastico, que lo fabricaron para gustarnos y que por ello, no dira nada que no sepas de antemano. Ella calla y te mira hasta dejarte la boca seca, te permite el primer paso hacia la humillación para invitarte a que te vuelvas a arrodillar, a que supliques piedad y otros “cinco minutos mas, por favor”… podrias, incluso, comerle el coño y creerte afortunado por haber sido el elegido.