Archivos para la Categoría 'La Pecera'

20
May
08

Peces Muertos

“Zoco, cárcel y cielo de mi libertad presa.

Delante de la máquina una tarde más. Los de siempre en sus respectivas butacas y yo en el palco de honor, el gallinero escondido de la barra, nada más que polvo en este rincón de oro viejo y picado. Y desde este diván de horas muertas sigo escribiendo lo que se me antoja, por puro placer hedonista, una concepción distinta del vouyerismo, de las memorias y de las biografías ajenas. Las teclas resuenan en esos hombres grises que compran minutos y toman café -Momo, siempre Momo- dormidos y distraídos en las largas tardes del Zoco, mi Zoco. Ellos llegarán más tarde.¿llegarán?

Hoy ya no lo dudo; aunque no acierto a definir si es melancolía o dolor. ¿dónde estarás ahora?

La tarde fría y gris de aquel quince de febrero repica en mi holograma mental como las campanas que tocan a muerto. Es paradójico pensar que la muerte pueda ser el inicio de algo; este algo que es tanto para los transeúntes de la cultura y la dialéctica barata, este algo que se dibuja abstractamente entre absenta y metacrilato de sonetos y líricas… la metralla de la máquina sigue sonando en re menor.

Y sin pesar me traspasa el sonido de aquella llave oxidada que abría el gran cerrojo protegiendo  una endeble puerta de madera podrida, fácilmente derribable de una patada, de una ventisca fresca. Ese eco de latido que aún sigue temblando de frío y un Gulliver que nacía para dar cobijo a ejércitos de enanos miopes.

Creo que lo llamamos Zoco la primera vez que lo vimos. Tenía razón; aquel trastero en mitad de la calle París era eso, un mercadillo de mierda con regusto a reliquia, un sueño en forma de 526. Todo estaba lleno de polvo, de trastos. Sacamos cajas eternas de muñecas tuertas y mancas, de lámparas sin luz ni sombra, de caballos de madera cansados y juguetes de hojalata y balones de cuero sucio, y también botas sin cordones, espejos rotos, cojines que olían a meado de rata, vasos y tazas de metal, como las que encontramos en Praga en aquel viaje de nieve y sexo…. cajas y más cajas que terminamos por vender al Chiscu del tenderete dels Encants… no hicimos fortuna, claro; pero sacamos la plata para reparar la única y verdadera joya que encontramos: una vieja cafetera del siglo XIX. Años más tarde, Xavi me comentó, en un fracaso intento de compra o en otro de sus pedantes vómitos de anécdota histórica, que había pertenecido a una vieja cafetería pariscense; al carajo con el azar!; cuyos degustadores fueron peces gordos de la cultura francesa. Algo me contó de Baudelaire, aunque ya no le prestaba demasiada atención. Sophie estaba vomitando; y el mundo se reducía a eso: a las vísceras sangrientas de la sabiduría encarnada en cuerpo de mujer.

Luego nos regalamos un par de piezas, como si fueran alianzas o flores; puro juego de amores, pero sin ánimos de compromiso; no aún, claro.

Yo había podido rescatar algunos objetos; un sombrero, la casaca y la pluma que le regalé. Maravillosa, sin duda… sabía que ella iba a convertir aquella tinta amorfa en maravillosos cuentos y tenía la absurda esperanza de que fueran mis buenas noches hasta el fin. La rabia, la impotencia, medicina para los necios y una lagrima agria, vieja, repetida y solitaria.

Las letras fueron nuestro cordón umbilical. Sophie me regaló la máquina que hoy habita el rincón de la barra, certeramente centrada entre la vecindad del cenicero y la marca del mate en la mesa de madera de cerezo.

¿Años dorados? Quizá. Aunque lo más dorado de toda la historia fue la campana del tocadiscos que dejaste tras de ti, y que hoy sirve para arrullar a esta panda de cíclopes perdidos o para arrancarme una sonrisa sólo de vez en cuando, sólo cuando me armo de valor para poner aquel viejo platino de los Beatles que dejabas rodar hasta el fin, mientras repetías incansable aquello de “seguro que acá sacamos la arena de debajo de los adoquines, amor…”, mientras sudabas el polvo que limpiabas con tesón, casi loca por dejarlo como una patena, sin manchas imposibles o restos de otras historias; y yo sin aguantarme las ganas de hacerte el amor. All you need is love. Amor para regalarte sin tapujos ni censuras, jadeos que me hacían trabajarte para llevarte al cielo. All you need is love. Vaya mentira más grande. All you need is love, sweet love. Amor perro, primitivo, salvajemente aun te recorro la piel, peras en vino o melocotón. Sí, definitivamente melocotón. All you need is only love, y melocotones y literatura y Beatles y sueños; un sinfín de polvorientas fotografías que te inmortalizaron, Sophie. Esto, otra jugarreta del Jefe, ¿verdad? Dale recuerdos y sobretodo, recuérdale que un día lo pagará caro.

Si tu supieras, pichón….

Nada mas bello y mordiente que el recuerdo; nada más lejano que la atemporalidad que nos separa… yo no supe hacerte regresar; esta mi condena; la cárcel: los barrotes que me encierran detrás de nuestra queridísima máquina de café francés.

Cafés que ya solo tomo para no volver a soñar jamás.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Mesa trece silla uno. Estaba claro.

Los días pasaban rápidos y nada podía hacer por detenerlos. Algo había en mi inmensa isla precaria y suburbana que hacía desaparecer el tiempo y los rascacielos. Era un agujero negro en medio de Barcelona, el cubo de basura de los gatos sucios de la calle, un loquero, un café, un trastero de verdades cortantes, ensangrentadas. Tanto polvo y yo sin superar el asma.

Desde mi pequeño rincón podía ver la calle a través de los ventanales como un paisaje de grises y colores viejos. A veces me imaginaba todo aquello como un lienzo de mercadillo, una pintura anónima de cualquier cafetería francesa.

Demasiada oferta para tanta demanda hambrienta. A mí me enseñaron que a la gula sólo se la cura con el hambre. En el Zoco sólo servía café; la literatura no fue culpa mia; punto y aparte.

Delante de mi, sólo la terrible soledad de mi vieja máquina y el negro soberbio de un buen café caliente. Humo y letras, sobre el blanco papel mojado de mis ideas. Desde el primer día en que instalé mi propia persona, la real, la pura, en este antro tan querido y ardiente como la luz de las velas que temblaban mesa tras mesa, supe que no habría escapatoria alguna para volver a esa historia mentida que tanto se alababa en mi.

Ellos, mis padres, nunca lo comprendieron. Yo, al fin, tampoco.

El local fue fácil; herencia pura y dura sin familiares de por medio. Aquel viejo gusano que aún hoy me revienta el corazón, aquel mi hermano con el que no compartía sangre sino dimensiones; tuvo la gran amabilidad de regalarme este pedacito de cielo, del que vivir, morir, soñar, reír, llorar y despertarme antes de llegar mi turno, mi propio fin. Algún día, viejo, nos volvemos a ver. Tenme preparada esa copa, esa silla, la uno de la mesa trece; por que me queda un sinfín largo, casi eterno, de historias qué contarte.

Las escrituras y los largos caminos de burocracia insípida fueron los tramos más complejos hasta aquí. Lo demás vino rodado, hecho. Yo no preparé nada más que café; ellos vinieron solos.

A veces creo que esto es un pacto con el diablo.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Nostalge era un tipo realmente duro. Le recuerdo fumando sus cigarrillos en la esquina fondona del Zoco. Se refugiaba detrás de una mesa de pino pequeña y desgastada. Residía allí casi sin parpadear. Recuerdo como, con aquellas manos pequeñas y ágiles, apretaba una enorme boquilla charlestonera. Al final, un eterno cigarro. A veces, Nostalge me recordaba un poco a Masiel, tan bastardamente elegante, escondiendo sus defectos tras las cortinas de humo y los trajes de colillas. Me fascinaba la seguridad de aquel diminuto muchacho.

Cada postura que tomaba era una fotografía en blanco y negro. Siempre metódico, siempre puntual en sus inoportunos comentarios… empuñaba el metal dorado del mango de la puerta del bar y traspasaba con los ojos las capas de polvo y pintura del cristal; y entraba, decidido a encararse a mi con un “café sólo y con taza y plato, por favor”. Y siempre la misma respuesta:

-         “¿cucharilla?”

-          ”al final vas a tener que comprar otra vajilla… déjalo, conoces mi cleptomanía. Además, sabes que les pone mucho más si me lamo el dedo. ¿Y para qué estamos ahora y aquí más que para hacerles creer que me follarán en sus sueños?”

Demasiado para la precariedad de mi vocabulario sexual. Nostalge tenía la elegancia justa para que “polla” fuera la palabra más bonita del mundo. Estoy segura de que era un híbrido extraño entre Hitler, Bécquer, Poe y Marilyn Monroe. No se extrañen; es mucho más fácil de comprender cuando le tienen delante.

Aquel hombrecillo me sonreía tras el mismo dialogo de cada día…. ya era como un rezo. Yo el gran cura de este par de chalados ateos.

Entonces agarraba el periódico con un bufido, como si con aquel soplido hubiera leído las desgracias de la actualidad; y lo abría por la página de los deportes.

- “Qué mal está el mundo, pero qué alegría poderme contentar cada mañana con estos millonarios de piernas esculturales…. en fin…. ¿algo realmente catastrófico hoy?

- No; lo de siempre.

- Ya… no me cuentes woman…¿sigue la eufémica postguerra en Irak y ya son miles los muertos? ¿Los políticos siguen inventándose alguna excusa para nominar a alguien y expulsarlo de la casa… violencia de género… alguna revuelta en algún lugar lejano; otro magnifico descubrimiento que no tiene fondos para pagarse y llegar a algún sitio práctico… y los crucigramas ya hechos… acerté?

- El papa ha muerto.

- ¿Y yo sin enterarme? Tengo que llamar a Pablo para que imprima ya los pins… es paradójico, eh?

- Nostalge, el cinismo de las mañanas lo sacas de algún cultivo casero o es el olor que desprenden tus sabanas?

- Pues creo que es más bien la falta de sueño. Últimamente follo demasiado y no duermo, y me sienta fatal. No hay manera de que me aguanten una de Woody entera… en fin, que como no me des algo a este paso me deshidrato. Me voy a leer el periódico.

Y meneaba el culo hasta la silla el muy maricón. Era maravilloso.

Del saco que llevaba por bolso sacaba un cigarrillo y empezaba el ritual misterioso para todos los curiosos y fans habituales que visitaban a esas horas el Zoco. Nostalge sacaba con delicadeza un estuche de felpa negro. Como si de un tesoro de los que esconden por los lares del caribe se tratara, dejaba entrever lentamente una pipa de filtro. Era larga y fina, laqueada en negro y acabada en un metal que le daba los aires de coleccionista de antigüedades que quería transmitir. Al final de la boquilla, apretaba un cigarro aromático de los que ya no encuentras ni en los estancos; y se dirigía todo el artilugio hacia la boca; poniendo cara de vicio disimulado entre cafes y cruassanes. Lo mejor era cuando inclinaba un poquito la cabeza para poder encender el cigarrillo. La doblaba hacia abajo y a un lado, como quien se quiere apoyar en su propio hombro. Y en el preciso instante en el que tenia a todos los ojos del bar hipnotizados por su exquisita extravagancia; alzaba con la lentitud pero certeza de un pianista, aquellos ojos verde-grises que le prohibí que volviera a usar… y cazaba al ciervo más suculento a esas tempranas horas de la mañana, con el café aun humeándole los secretos lascivos de la noche anterior; la que no aguantaba ni una sola de las películas de Allen…

Fumaba y fumaba hasta dejarse el alma en la conquista. La mirada fija. Y siempre extraño pero sin falta, el cervatillo electo se levantaba, se dirigía al baño (que por casualidad quedaba siempre al paso de nuestro fiel seductor) y encontraba forma alguna de establecer contacto; bien por la entrega de alguna nota arrugada y nerviosa, o por un fugaz beso de “como-vengas-aquí-te-pillo-y-te-reviento”. Nostalge era un cazador nato; se le veia a distancia; y el Zoco, a veces era su selva de rarezas favorita.

Recuerdo el dia en que se ligó a un marinerito; o al travestí; o al intelectualito o al de los músculos en exceso. Era un cabrón. Pero un cabrón con gusto, por que nunca repetía caracteres y siempre tenía otro distinto. A veces pienso que sólo era capaz de follarse personajes; de introducirles su exceso teatral hasta hacerles llorar de placer… Nostalge, en el fondo, era un romántico. Sólo lo he visto llorar una vez. A los dos solo les vi llorar una sola vez; aquel solsticio de invierno en el que la luna llena les azotaba las conciencias y yo se la lavaba con litros y más litros de alcohol.”

Peces Muertos

20
May
08

Peces Muertos

“Aquella mañana no tenía ganas de levantarme; me tronaba la cabeza. La almohada olía a sudor, y el aliento me abofeteaba con cada suspiro en el debatir de mis ideas. Realmente no tenía por que levantarme. El Zocco era mío, nada de explicaciones, ni excusas, ni caras de arrepentimiento fingido. No quería levantarme, y punto.

Al poner el primer pie, el izquierdo como siempre, en el suelo, me clavé la jodida punta en el talón. Me salió un profunda y sincera expresión, algún vomito verbal del que no logro acordarme con exactitud; y miré al suelo. Era un zapato de tacón, negro, lacado, de poca altura; un botín de estos que están tan de moda y que se usan para corregir insatisfacciones de la altura, complejos. Yo nunca he usado algo así. Me giré hacia la cama. No la recordaba tan pálida, hinchada, babeante y dormida como estaba ahora. Horrenda, realmente. Ni siquiera recordaba que alguien me esperara al cierre; mucho menos ella. Me di la vuelta; en silencio, me agaché hacia aquella nariz puntiaguda y la besé. Las sábanas olían a sexo. Tampoco recuerdo que folláramos ayer. Maldita memoria de pez.

Me levanté definitivamente de la cama, le di una patada a las bragas, aparté el botín maltratador y me fui a la ducha. El sol empezaba a molestarme; era hora de ser una persona formal. Los enfermos adictos al café ya debían estar de camino. No les podía fallar.”

Peces Muertos