“Ambos lo tenían claro: eran peces. Estaban muertos.
En el Zocco, una pequeña cafetería del Eixample de Barcelona, todo parecía diluirse en el tiempo. Era el estilo de la ciudad; cosmopolita, in, fashion, lleno de lavandas (que no flores), harto de iluminación escasa, de mezclas de perfume caro, sudor e incienso. Lograron resumir el verdadero mercado oriental en un antro no mayor de 60m2.
Los personajes habituales del Zocco no eran como todos, y a su vez, eran el paisaje que definía la ciudad. Recuerdo aquellos títeres de su inseguridad, cada uno en su sitio, monótonos en su propio rechazo a la monotonía; siempre pedían lo mismo, siempre leían o miraban a su alrededor perdidos entre el humo de sus cigarros; siempre venían a mi. Yo era la madame de tanta puta barata; la psicoanalista de toda aquella barbarie esquizofrénica; era su madre; la reencarnación de su eterno complejo de Electra. Pobres niños huérfanos de ideas.
Cada día era distinto; siempre eran los mismos que acudían a sus horas. Mi consulta, su diván. Hoy reconozco que me aborrecían con sus nemeces; pero yo no era nada sin ellos. Nos separaba una barra. Con frecuencia, nos unía alguna cama. Les recuerdo cuando se me olvidan los nombres que me regalaban. Lo siento.”
Peces Muertos